Una síntesis didáctica de cómo funcionan hoy la moneda, el crédito y la microeconomía en la Argentina, y de los escenarios que se abren hacia 2027.
En cinco ideas
Contenido:
La economía argentina funciona todavía como una economía básica, casi «precapitalista». No es un insulto. Quiere decir que no tiene colchones: le faltan ahorro doméstico, solvencia fiscal y acceso al crédito internacional. Chile, ante dos años de cobre malo, toma deuda afuera, baja impuestos y amortigua el golpe con una política anticíclica. Argentina, con una sequía como la de 2023, colapsa.
Por eso el desempeño de un gobierno depende tanto del contexto. Que llueva o no, la demanda de commodities y la tasa de interés mundial pesan tanto como la gestión. La historia da ejemplos claros. Alfonsín gobernó con todo en contra. De la Rúa enfrentó tres años de sequía, tasas altas y estallido de burbujas. El gobierno actual, en cambio, contó con buenas cosechas y con Vaca Muerta a favor.
En el fondo, casi todo lo que exporta Argentina es energía. Los granos son biocombustibles y su precio sigue al de la energía. El litio y el cobre terminan siendo electricidad. Vaca Muerta lo es directamente. En la economía de la IA (inteligencia artificial), que demanda sobre todo chips y energía, Argentina no puede fabricar chips pero sí puede aportar energía.
El país «se cayó del mundo» en 2005, cuando rechazó el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), y volvió a entrar porque el mundo cambió: la pandemia, la guerra en Ucrania y el conflicto en Medio Oriente rompieron las cadenas globales de valor y de energía. La contracara es la industria que compite con China. Los autos del Mercosur compiten contra los chinos con una diferencia tecnológica comparable a la que había entre un BlackBerry y un iPhone.
El programa económico absorbió el exceso de pesos (el overhang) con una dosis de inflación alta al principio y una reestructuración selectiva de algunas deudas. Después dejó que el crecimiento del PIB (producto interno bruto) nominal hiciera el resto. Esa parte funcionó. El problema es que la gente sigue sin querer pesos. Las compras de dólares de personas rondaron los USD 2.800 a 4.100 millones por mes a mediados de 2026, y desde la salida del cepo, en abril de 2025, la demanda neta acumulada supera los USD 40.000 millones. La paradoja: un programa que vino a terminar con el peso descubre que el peso no termina de ser aceptado.
El riesgo extremo, de probabilidad muy baja, es una corrida contra los depósitos en dólares. En una economía que ya casi no usa pesos, si cae también el sistema en dólares, se vuelve a algo cercano al trueque. Hay un dato útil para pensar el calendario: la gente no corre antes de una elección sino después, cuando conoce el resultado.
Los depósitos privados en dólares superaron los USD 40.000 millones a mediados de 2026, un récord en más de 25 años, y cada mes se suman alrededor de USD 1.000 millones. Durante años, la regulación solo permitió prestar esos dólares a quien tenía ingresos en dólares, es decir, al exportador, que justamente es el que ya consigue financiamiento en el exterior. En junio de 2026 se flexibilizó la regla: ahora también pueden tomar crédito en dólares las empresas que lo respalden con activos dolarizados, como inmuebles, depósitos o títulos. Aun así, la mayor parte de esos dólares sigue quieta, como en una caja de seguridad.
En una economía que funciona, los bancos crean dinero al prestar los depósitos. Es la creación secundaria de dinero, y es lo que genera crecimiento. La diferencia con la emisión del Banco Central, la creación primaria, es clave. La emisión pone pesos en el bolsillo que la gente sale a gastar antes de que pierdan valor, y eso sube los precios. El crédito, en cambio, tiene contrapartida: hay que devolverlo.
De fondo hay un problema de diseño: en Argentina se intenta reemplazar el riesgo empresario con regulación. Un banco que presta mal debería responder con su patrimonio, no con una prohibición general de prestar.
En una tasa nominal, el capital se devuelve dentro de los intereses. Un bono a 100 años lo muestra bien: los USD 100 del final no valen nada, y lo que importa son los intereses que se cobran en el camino. En una tasa real, como la de un crédito UVA (Unidad de Valor Adquisitivo, que se ajusta por inflación), el capital se indexa y la tasa solo paga el interés. Por eso la cuota UVA es mucho más baja.
¿Qué pasó con la mora? Todos esperaban que la inflación licuara las deudas. Los deudores aceptaron tasas altas porque pensaban que el capital se iba a licuar. Los bancos las cobraron porque desconfiaban. Pero la estabilización salió mucho mejor que lo que preveía el consenso y el capital no se licuó. El deudor terminó pagando el capital dos veces, una dentro de la tasa y otra al vencimiento. Fue una especie de estafa cruzada: cada parte apostó contra la otra y perdió el deudor.
Un experimento sencillo con empresarios lo muestra. Si se les pregunta a qué tasa fija en pesos a 18 meses tomarían un préstamo, contestan alrededor de 20%. Si se les pregunta a qué tasa fija colocarían su excedente durante el mismo plazo, primero hay silencio, y después aparecen respuestas que van de 50% a 100%. La brecha entre lo que pide el ahorrista y lo que acepta el tomador es de unos 30 puntos porcentuales. Con esa brecha no hay mercado.
Si se hace la misma pregunta en UVA, el ahorrista pide UVA + 3 a 5% y el tomador acepta UVA + 8 a 10%. La brecha se reduce a unos 5 puntos y el mercado aparece. Es lo que hizo Chile con la UF (Unidad de Fomento). Perú, en cambio, tardó unos ocho años en recuperar su moneda.
Ahora que ya no se discuten la brecha cambiaria, la emisión ni el déficit, la conversación pasó a la micro: productividad, impuestos y patrones de consumo. Muchos de esos problemas no son nuevos. Son herencia de un modelo que distorsionó los precios relativos durante casi 20 años y que recién ahora quedan a la vista.
Cuando hay cepo, la gente busca sustitutos del dólar. Compraba vino y latas de atún como reserva de valor. Al levantarse el cepo, deja de comprar vino y compra dólares: el consumo cae y el ahorro sube. Es una consecuencia sana de que los precios vuelvan a dar las señales correctas.
El café de especialidad muestra el mismo mecanismo. Con el subte casi gratis, el pasajero tenía resto para un café en el bar de la salida, y esos bares se multiplicaron. Cuando la tarifa se normalizó, el café pasó a ser un gasto a cuidar.
Con cepo, quien tenía pesos y no podía comprar dólares compraba metros cuadrados en pozo. El desarrollador ponía el terreno en un fideicomiso, colgaba un cartel y con la preventa financiaba toda la obra: una verdadera fábrica de cuasi dólares. El desarrollador ganaba tres veces: por el terreno, por la construcción y por la renta financiera, que en realidad le pertenecía al comprador. El comprador era el que financiaba la obra y, encima, pagaba más caro si compraba en cuotas.
Hoy esa fábrica se apagó por dos razones. Primero, el comprador ya no necesita cuasi dólares porque puede comprar dólares. Segundo, su costo de oportunidad es el alquiler. Si el edificio terminado de al lado cuesta USD 2.500 por m² y el de pozo se entrega en 36 meses, el descuento del pozo tiene que cubrir tres años de alquiler, no el 10% habitual. A esto se suma un sobrestock de metros construidos durante el auge anterior, que el mercado todavía está absorbiendo.
La salida es separar las tres rentas. El inversor financia solo el costo de construcción (USD 1.200 por m²), cobra la ganancia financiera y no paga el terreno. El desarrollador conserva la renta del terreno y de la obra, pero cede la financiera. Con obligaciones negociables de primera línea rindiendo entre 7% y 8%, un 15% en dólares por financiar una obra resulta atractivo.
Hasta hace poco, el humor social era el espejo invertido de la inflación: si bajaba una, subía el otro. Ahora la inflación baja y el humor no mejora. La explicación está en la secuencia de siempre. Primero sube el dólar, después los precios y por último los salarios. Algunas paritarias recién están alcanzando a los precios: la construcción pasó de estar cinco puntos abajo de la inflación a estar cuatro arriba. Otras, como la de comercio, siguen rezagadas.
A eso se suma un fuerte aumento de tarifas. La canasta de servicios públicos del AMBA subió 54% en el último año contra 34% de la inflación (agosto de 2026), y desde diciembre de 2023 acumula más del triple que el índice general de precios. Parte se explica por la suba internacional de los combustibles y parte por trasladar a tarifas la devaluación anterior.
Hay además una «crisis rara»: productos que no se consiguen. Una heladera se entrega en 20 días y un mueble en 120. Las empresas se quedaron sin capital de trabajo. Primero perdieron stock al inicio del programa, y después se les encareció el financiamiento por la suba de tasas que siguió al desarme de las LEFI (Letras Fiscales de Liquidez, instrumento con que los bancos colocaban su liquidez). Hoy muchas cobran por adelantado y entregan a 30 días.
Los bonos se recuperaron por un mecanismo institucional. Cuando las calificadoras subieron la nota del país a categoría B (Fitch y S&P a B- y Moody's a B3, entre mayo y julio de 2026), los fondos real money (fondos de pensión y de inversión de largo plazo que no usan apalancamiento) quedaron habilitados para comprar Argentina. Un gestor en Londres que nunca tuvo bonos argentinos empezó a correr el riesgo de quedarse afuera. El riesgo país bajó a la zona de 400–450 puntos.
Las acciones, en cambio, llevan meses estancadas, aunque YPF presentó el mejor balance de su historia y la bolsa de Nueva York está en máximos. La razón es que no hay comprador externo. Argentina no figura como mercado emergente ni como mercado de frontera. Unos pocos fondos especulativos entraron, generaron la suba y se fueron. Un dato poco comentado: el FGS (Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la ANSES) compró acciones en vez de bonos del Tesoro.
| Escenario 2027 | Qué podría pasar | Implicancia |
|---|---|---|
| Pierde el oficialismo | Caída fuerte de los activos argentinos, ante el temor de volver a las políticas anteriores | Podría abrir una oportunidad después, si el nuevo gobierno no repite los errores del pasado |
| Reelección | Un auge muy fuerte, como el de Corea. Todos quieren comprar los cuatro a seis papeles líquidos de la bolsa, la economía se remonetiza y el Banco Central compra unos USD 20.000 millones en 4 a 6 meses | Un «problema de alta calidad»: entran muchos dólares de golpe, la demanda no encuentra oferta y el Banco Central tiene que administrar la entrada con prolijidad |
Una corrida como la de 2025 parece hoy muy improbable. Hay 30% menos de pesos en términos reales, más reservas y una deuda más larga, y quienes atacaron la moneda la última vez perdieron mucho dinero. Un argumento a contracorriente completa el cuadro: que el sector privado acumule dólares todos los meses fortalece la economía, no la debilita. Lo que debilita es usar dólares para crear pesos.
Preguntas frecuentes
Porque durante años la regulación limitó los préstamos en dólares a quien tenía ingresos en dólares, y aun con la flexibilización de junio de 2026 la mayor parte de esos depósitos sigue sin prestarse. En pesos, la distancia entre lo que pide el ahorrista y lo que acepta el tomador impide que haya mercado.
Porque al indexar el capital elimina la apuesta sobre la inflación futura. En un experimento con empresarios, la brecha entre ahorrista y tomador pasó de unos 30 puntos en tasa fija en pesos a unos 5 en UVA.
Los contratos firmados bajo el régimen inflacionario anterior, que quedaron mal valuados; los negocios que solo tenían sentido mientras duraban las distorsiones de precios; y, en cada operación con plazo, quién financia a quién y a qué tasa implícita.
Claudio Siracusano · Strategic Blueprint · 15 de octubre de 2026
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